viernes, octubre 4

Nacemos sin miedo o un tórrido romance chupetil.

Nacemos sin miedo, el miedo es un comportamiento aprendido.
En parte un instinto, aprendido ante una situación apremiante, un mecanismo de defensa ante el peligro.
A veces lo produce el temor a lo desconocido y en otras el conocer la acción / reacción.

Cuando un niño se cae con dolor, el mismo percibirá la sensación de peligro. Si lo hace sin dolor y sin  expresiones referentes, se levantará como ni nada hubiese pasado; si, en cambio, gritamos o le avisamos con exaltación de peligro, ahí comienza el aprendizaje externo del miedo.






Y yo que soy de esas que a la mínima ha dado un grito, para que contaros como llevo de fritos a mis hijos.
Pero que voy a hacerle señoras/es, no lo puedo evitar, en mi, es también una conducta aprendida y muy, pero que muy bien arraigada.

Y os lo vengo a contar por que de aquí nace la historia de como Pequete abandonó su chupete.

Corría el año 2012, allá por septiembre.
Pequete contaba con unos 22 meses y se puede decir que era un hombre a un chupete pegado.
No se lo quitaba jamás, pero jamás de los jamases.
Incluso había desarrollado una técnica ninja para hablar con el chupete puesto. Claro está solo le entendía su sra. madre, osea la menda.

Había empezado ya el segundo año de guardería, así que la profe ya no quería chupetes en clase.
El entraba con su chupete y en un descuido la profe se lo quitaba.

Al salir, lejos de decir hola, mamá o cualquier palabra del amor fraternal fruto de estar 3 horas sin su progenitora, la primera palabra que pronunciaba era: Chupetee!!!!!
Y claro, yo, tierna de corazón se lo ponía liberándole del mono ( ayyy, que blandurrias somos las madres).

Pero un buen día camino de vuelta a casa, con el chupete en su posición habitual: la boca de Pequete, nos topamos con unos señores exterminadores que estaban fumigando las alcantarillas.

Vaya por Diox, justo por donde teníamos que pasar para llegar a casa.

Al parecer dichos señores, tenían el tubito de meter el liquidín  metido por una de las alcantarillas ( me refiero a esas redondas con tapa) y tapado el pequeño agujero de la siguiente con precinto.

Pero debían haber inhalado alguno de sus productos de exterminio, por que no estaban muy hábiles que digamos, ya que a dos metros de la siguiente alcantarilla había otra y otra a otros dos metros que NO habían tapado.

En resumidas cuentas, que al meter el líquido de exterminar " cienes y cienes" de cucarachas salieron disparadas por la acera, en el mismito instante que pasábamos por allí.

Como ustedes emprenderán sufrí 20 microinfartos y dí el típico grito desorbitado de maruja que hizo que Pequete en un solo salto subiese del suelo a mis brazos.

Con tan mala fortuna que el chupete se cayó.
¿ Mala fortuna?  mmmmmm, no lo creo.
Aquella era la mía.

Mamá, mamá mi chupete, gritaba asustadísimo. A lo que yo, puse el malamadre on y  le contesté: Pequete no podemos cogerlo ya, lo ha chupado una cucaracha.

Os aseguro que no se volvió a oír la palabra chupete, Pequete lo había repudiado para siempre y ni siquiera tuve la necesidad de comprar otro de emergencia.

Es lo que yo llamo terapia de choque o modo malamadreon elevado a la enésima potencia.

Desde aquí agradecer a Suavinex el servicio que nos prestó hasta la fecha, que tanto consuelo facilitó a mi peque y a Tutete que me ha mandado un precioso chupete de Mi mama es una bloguer, que guardaremos con mucho amor en la caja de tesoros de Pequete.

Teniendo en cuenta que Pequete no había visto una cucaracha en su vida, certifiqué en propia piel que efectivamente el miedo es aprendido.

4 comentarios:

  1. Es una buena reflexión pero ¡gracias señora cucaracha! ¿no?

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  2. Es una buena reflexión pero ¡gracias señora cucaracha! ¿no?

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  3. Antes de saber qué es una cucharacha tiene que habérselo dicho alguien, así que en este caso, es aprendido.
    Qué monada de chupete, ja, ja.

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